Publicación original en Inglés:  el 1ro de Abril, 2014

Traducción: Guillermo Sucre A.

 

El abuso de sustancias tiene menos que ver con la sustancia que lo que tiene que ver con la vida que vivimos. Pero, ¿qué nos ha hecho la guerra contra las drogas y qué es lo que va a seguirla?

Usted probablemente ha oído hablar de esos estudios sobre adicciones basados en pruebas de laboratorio con ratas enjauladas, en los que ellas presionan compulsivamente la palanca para la dispensación de heroína una y otra vez, hasta el punto de elegirla por encima de los alimentos y hasta mueren de hambre. Estos estudios parecen dar a entender algunas cosas bastante desalentadores sobre la naturaleza humana. Nuestra biología básica no es de fiar; la búsqueda del placer conduce al desastre; por lo tanto, uno debe superar los deseos biológicos a través de la razón, la educación y la inculcación de la moral; aquellos cuya fuerza de voluntad o de moral son débiles deben ser controlados y corregidos.

Los estudios sobre adicciones en ratas también parecen validar las características principales de la guerra contra las drogas. En primer lugar está la interdicción: prevenir que las ratas consigan el gusto a las drogas. En segundo lugar está la “educación ” -condicionando a las ratas a no presionar la palanca en primer lugar. En tercer lugar viene el castigo: hacer que las consecuencias de tomar drogas sea tan temible y desagradable que las ratas superarán su deseo de presionar la palanca. Acorde a ello, algunas ratas sólo tienen una fibra moral más fuerte que las demás. Para aquellas con una fuerte fibra moral, la educación es suficiente mientras que las débiles deben ser disuadidas con castigos.

Todas estas características de la guerra contra las drogas son formas de control, y por lo tanto tienen un asidero cómodo dentro de la perspectiva más amplia de la civilización tecnológica: la dominación de la naturaleza, la elevación por encima del estado primitivo, conquistar el deseo animal con la mente y los impulsos básicos con la moralidad, y así sucesivamente. Es decir, tal vez por eso fue ignorada y suprimida por tantos años el desafío devastador de Bruce Alexander a sus experimentos con ratas enjauladas. No solo fue a la guerra contra las drogas que sus estudios pusieron en tela de juicio, sino también a los paradigmas más profundas sobre la naturaleza humana y nuestra relación con el mundo.

Alexander descubrió que cuando se sacan las ratas fuera de sus diminutas jaulas separadas y se ponen en un amplio “parque de ratas” con bastante ejercicio, la alimentación y la interacción social, ya no eligen las drogas; de hecho, las ratas ya adictas dejan la dependencia a de las drogas después de que son transferidas de las jaulas al parque de ratas.

La implicación es que la drogadicción no es un defecto moral o de mal funcionamiento fisiológico, sino una respuesta de adaptación a las circunstancias. Sería el colmo de la crueldad el poner ratas en jaulas y luego, cuando empiezan a usar drogas, castigarlas por ello. Eso sería como la supresión de los síntomas de una enfermedad, mientras se mantienen las condiciones necesarias para que la enfermedad exista. Los estudios de Alexander, si no son un factor que contribuye al lento desenredo de la guerra contra las drogas, están sin duda alineados metafóricamente con ella.

¿Somos como ratas en jaulas ? ¿Estamos poniendo al ser humano en condiciones intolerables y luego castigarlos por sus esfuerzos por aliviar la angustia? Si es así, entonces la guerra contra las drogas se basa en premisas falsas y nunca puede tener éxito. Y si somos como ratas enjauladas, entonces ¿cuál es la naturaleza de estas jaulas, y cómo sería una sociedad para los seres humanos como la vista en el “parque de ratas”?

He aquí algunas maneras de poner a un ser humano en una jaula:
• Retirar lo más lejos posible todas las oportunidades para la auto-expresión y el servicio significativos. En lugar de ello, obligar a la gente a realizar trabajos sin escapatoria sólo para pagar las cuentas y las deudas. Seducir a otros a vivir de tal mano de obra de otros.
• Alienar a la gente fuera de la naturaleza y de un lugar. A lo sumo dejar que la naturaleza sea un espectáculo o lugar para la recreación, pero erradicar cualquier verdadera intimidad con la tierra. Procurar la fuente de los alimentos y medicinas a miles de kilómetros de distancia.
• Mudar la vida -sobre todo la de los niños- entre paredes. Dejar que la mayor cantidad de sonidos sean artificiales y que la mayor cantidad posible de vistas sean virtuales.
• Destruir los lazos comunitarios lanzando a la gente a una sociedad de extraños, en los que no se apoyan y ni siquiera necesitan conocer por nombre a las personas que viven a su alrededor.
• Crear la ansiedad de supervivencia constantemente, haciéndola dependiente del dinero y, a continuación, hacer el dinero artificialmente escaso. Administrar un sistema monetario en el que siempre hay más deuda que dinero.
• Dividir al mundo en propiedades, y confinar a la gente a los espacios que les pertenecen o pagan para ocupar.
• Remplazar la infinita variedad del mundo natural y artesanal, donde cada objeto es único, con la uniformidad masiva de los bienes básicos.
• Reducir la esfera íntima de la interacción social al núcleo de la familia y poner esa familia en una caja. Destruir la tribu, la aldea, el clan y la familia extensa como unidad social funcional.
• Asegurar que los niños permanezcan segregados por edades en aulas de clases, en un entorno competitivo en el que estén condicionados a realizar tareas que en realidad no les interesen o quieran hacer, a cambio de recompensas externas.
• Destruir las historias locales y las relaciones que construyen identidad, y reemplazarlas con noticias de las celebridades, la identificación con equipos de deportes o de marcas comerciales, y las visiones del mundo impuestas por la autoridad.
• Deslegitimar o ilegalizar el conocimiento popular sobre la manera de curar y cuidar unos de otros, y reemplazarlo con el paradigma del “paciente” dependiente de las autoridades médicas para la salud.

No es de extrañar que la gente en nuestra sociedad pulse compulsivamente la palanca, ya sea la de drogas o la del consumismo o la de la pornografía o la de juegos de azar o la palanca de comer en exceso. Respondemos con un millón de paliativos a las circunstancias en las que las necesidades reales humanas para la intimidad, la conexión, la comunidad, la belleza, la plenitud y el sentido de pertenencia en su mayoría no son atendidas. Por supuesto, estas jaulas dependen en gran medida de nuestra propia aquiescencia individual, pero esto no significa que un solo momento de iluminación o de toda una vida de esfuerzo nos pueda liberar completamente. Los hábitos de confinamiento están profundamente programados. Tampoco podemos escapar mediante la destrucción de nuestros carceleros: al contrario que en los experimentos con ratas, y contrariamente a las teorías de conspiración, nuestras elites están tan prisioneras como el resto de nosotros. Compensaciones vacías y adictivas para sus necesidades insatisfechas las seducen a hacer su parte para mantener el status quo.

Las jaulas no sufren de fácil escapatoria. El confinamiento no es incidental a la sociedad moderna, sino que está profundamente tejido en sus sistemas, sus ideologías y en nosotros mismos. En el fondo yacen profundos esquemas de separación, dominación y control. Y ahora, a medida que nos acercamos a un gran giro, a un cambio de conciencia, tenemos la sensación de que estos esquemas se están acentuando, así como sus expresiones externas -el estado vigilante, las trincheras y las rejas, la devastación ecológica- llegando a extremos sin precedentes. Sin embargo, su núcleo ideológico empieza a ahuecarse; su fundación se está resquebrajando. Creo que el levantamiento (todavía no está asegurado) de la guerra contra las drogas es una temprana señal de que estas superestructuras también están empezando a desmoronarse.

Un cínico podría decir que el final de la guerra contra las drogas sería una señal de tal cosa: que las drogas hacen que la vida en una jaula sea más tolerable, absorbiendo energía que de otro modo podrían ir hacia el cambio social. El opio de los pueblos, en otras palabras, ¡es opiáceos! El cínico desmerita la legalización del cannabis, en particular, como un pequeño paliativo apenas significativo dentro de la embestida del imperialismo y el ecocidio; es como una victoria inocua que no hace nada para frenar la marcha hacia adelante del capitalismo.

Este punto de vista está equivocado. En términos generales, las drogas no nos hacen habitantes más eficaces en la jaula: mejores trabajadores y consumidores. La excepción significativamente más notable es la cafeína -virtualmente no regulada- que ayuda a las personas a despertar a un horario que no quieren vivir y centrase en tareas que no les interesan. (No estoy diciendo que eso es todo lo que hace la cafeína, y de ninguna manera puedo querer menospreciar plantas sagradas como el té y el café, que están entre las únicas infusiones o decocciones aun tomadas en la sociedad moderna.) Otra excepción parcial es el alcohol que, como un calmante para el estrés, de hecho hace que la vida en nuestra sociedad sea más soportable. Ciertas otras drogas -estimulantes y opiáceos- también pueden servir estas funciones, pero son en última instancia tan debilitantes que los guardianes del capitalismo las consideran como una amenaza.

Sin embargo otras drogas, como el cannabis y las psicodélicas, pueden inducir directamente a la inconformidad, debilitar los valores del consumidor, y hacer parecer la vida normalmente prescrita como menos tolerable, no más. Consideremos por ejemplo el tipo de comportamiento asociado con el consumo de marihuana. El trono no llega a tiempo para el trabajo. Él se sienta en la grama tocando su guitarra. Él no es competitivo. Esto no quiere decir que los fumadores de marihuana no contribuyan a la sociedad, pues algunos de los más ricos empresarios de la era informática se alega que son fumadores. En general, sin embargo, la reputación del cannabis y las drogas psicodélicas en ser perjudiciales al orden establecido, no carece de fundamento.

Los pasos vacilantes pero sustanciales en varios estados y países hacia la legalización del cannabis es significativo por varias razones más allá de las conocidas ventajas con respecto a los delitos, el encarcelamiento, la medicina y el cáñamo industrial. En primer lugar, implica una liberación de la mentalidad del control: la interdicción, el castigo, y el condicionamiento psicológico. En segundo lugar, como acabo de explicar, el objeto del control -cannabis- es corrosivo para las jaulas en que hemos vivido. En tercer lugar, es parte de un profundo cambio en la conciencia lejos de la separación y hacia la compasión.

La mentalidad de control se basa en la cuestión de a quién o de qué se va a controlar. La guerra contra las drogas culpa al usuario individual por tomar decisiones de pobre moral, en una visión basada en la teoría que los psicólogos sociales llaman disposicionismo -que los seres humanos toman decisiones voluntariamente libres sobre la base de tener un carácter estable y preferencias. Mientras el disposicionismo reconoce la influencia del medio ambiente, dice básicamente que la gente toma buenas decisiones porque son buena gente, y malas decisiones porque son malas personas. La disuasión, la educación y la interdicción emergen naturalmente de esa filosofía, al igual que nuestro sistema de justicia penal en su conjunto. El juicio y el paternalismo, inherentes a todo el concepto de “correcciones”, están imbuídos al sistema porque dicen: “Si yo estuviera en su situación, yo lo habría hecho de otra manera.” En otras palabras, es una afirmación de la separación: yo soy diferente de ti -y si eres es un adicto a las drogas yo soy mejor tu.

Nótese también que la misma creencia motiva a la Guerra contra el Terrorismo y, así, la guerra contra casi cualquier cosa. Pero hay una compitiente filosofía llamada situacionismo que dice que las personas toman decisiones desde la totalidad de su situación, interna y externa. En otras palabras, si yo estuviera en tu situación, incluyendo toda tu historia de vida, lo haría como tú. Es una declaración de no-separación, de compasión. Se entiende, como Bruce Alexander nos demuestra, que el comportamiento autodestructivo o antisocial es una respuesta a las circunstancias y no una debilidad de disposición o falta moral. El situacionismo motiva a la curación y no a la guerra, porque trata de comprender y de corregir las circunstancias que dan lugar al terrorismo, a la drogadicción, a los gérmenes, a las malas hierbas, a la avaricia, a la maldad, o a cualquier otro síntoma por el que vayamos a la guerra en su contra. En lugar de castigar el consumo de drogas, se pregunta: ¿de qué circunstancias emerge? En lugar de erradicar las malas hierbas con pesticidas, se pregunta, ¿qué condiciones de suelo o de agronomía están provocando que crezcan? En lugar de aplicar la higiene de extremos antisépticos y los antibióticos de amplio espectro, se pregunta, ¿qué “clima del cuerpo” se ha convertido en un medio ambiente saludable para los gérmenes? Esto no quiere decir que nunca deberíamos usar antibióticos o encerrar a un criminal violento que está dañando a otros. Pero no podemos entonces decir: “¡Problema resuelto! El mal ha sido vencido”.

Aquí vemos cómo la legalización de las drogas es consistente con la inversión de un paradigma milenario que yo llamo La Guerra Contra el Mal. Tan antigua como la civilización misma, esta se asoció inicialmente con la conquista del caos y la domesticación de lo salvaje. A través de la historia, esta llegó a incinerar poblaciones enteras y casi al planeta mismo. Ahora, tal vez, estamos entrando en una era más gentil. Es lógico que algo de la naturaleza, una planta, deba ser una bisagra para tal giro.

El creciente movimiento para poner fin a la guerra contra las drogas podría reflejar un cambio de paradigma fuera del juicio, la culpa, la guerra, el control y hacia la compasión y la sanación. El cannabis es un punto de partida natural, debido a que su uso generalizado hace insostenible a esa caricatura de la persona que la usa como moralmente débil. “Si yo estuviera en la totalidad de tus circunstancias, la fumaría también -de hecho lo hago!”

La marihuana durante mucho tiempo ha sido vilipendiada como un “portal a las drogas” siendo el argumento que si incluso no es tan peligrosa en sí misma, que induce a la persona a la cultura y hábitos al consumo de drogas. Tal postulado es fácilmente desmontable, pero tal vez la marihuana es un portal de entrada de otro tipo -una puerta a una más amplia despenalización de las drogas, y más allá, hacia un sistema de justicia compasiva y humilde que no se base en el castigo. En términos aun más amplios, ella puede ofrecernos un portal lejos de los valores de la máquina y hacia los valores ecológicos, a un mundo simbiótico, a un mundo ecológico, y no a una arena de gentes separadas y en competencia entre si, de la que hay que protegerse, conquistar y controlar. Tal vez los conservadores estaban en lo cierto. Quizás la legalización de las drogas sería el fin de la sociedad tal como la hemos conocido.